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EL
PERIODICO DE LAS COOPERATIVAS
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AGOSTO DE 2000 |
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La crisis de la sociedad No
cabe duda que nuestra sociedad, en general, desde hace varios años,
está progresivamente abandonando la práctica de los valores
éticos y morales en sus conductas.
Tan distorsionada está la práctica de los valores, que cuando alguien hace algo correctamente, muchas veces se lo califica de tonto o se lo considera algo excepcional, cuando eso debiera ser lo normal y habitual. A muchos poco les importa, lo que le sucede al prójimo. Poco o nada les importa el respeto a sí mismos, especialmente a personas que han sido convocadas para desempeñar funciones que además de significar un verdadero honor para ellos mismos, existe el compromiso y la obligación tácitos de dar buenos ejemplos, sin embargo actúan de manera deplorable. Para una importante parte de la población, vale mucho más el dinero que el propio honor. Es muy lamentable lo que está ocurriendo en nuestra sociedad en la que personas que tienen trascendencia pública y que son referentes para el resto de la comunidad, pongan de manifiesto a través de sus actos la ausencia de principios y valores con detestables comportamientos que no condicen con su posición, ni con su exposición pública y menos aún con el prestigio de las instituciones en las que actúan o a las que representan. Es así que por esos comportamientos, desprestigian a las mismas instituciones y a otras personas que por ser correctas no se lo merecen. Ha llegado a tal nivel la degradación moral, que se ha hecho común escuchar a estos perversos personajes, hacer declaraciones a la prensa, manifestando muy airadamente que de todo lo que se los acusa, "nada se ha comprobado" o que "la Justicia será quien determine la veracidad o no de las imputaciones" o que "son víctimas de campañas políticas", etc. Yo estoy convencido amigo lector, que si alguien se atreve simplemente a insinuar que una persona honrada ha cometido un delito, la reacción del acusado debe ser tan contundente y ofensiva como lo es la pregunta. Porque ello constituye un grave cargo para quien sabe que es una persona de bien. Sin embargo, eso no es lo que vemos habitualmente. Los personajes a los que me refiero responden con evasivas o derivan la respuesta a terceros en lugar de defenderse. Entonces surge la duda ¿tendrán de qué defenderse? No obstante, una enorme mayoría de los ciudadanos son honestos, pero también son los que realizan sus actividades sin exponerse públicamente, con lo cual, los ejemplos que tienen más trascendencia son los que se difunden a través de los medios de comunicación masiva. Y precisamente, la labor honorable no es la noticia del día. Por otra parte, se está apoderando de la población un pesimismo y falta de credibilidad en las instituciones que está atentando contra el desarrollo económico y social. De la misma manera que muchos pueblos que han padecido la destrucción por las guerras y que gracias a la férrea voluntad de sus dirigentes y habitantes lograron convertirse en verdaderas potencias, cuando los habitantes de un país actúan sin ningún tipo de estímulo, resulta imposible superar los inconvenientes que sufren, sin que antes se revierta esa tendencia negativa que los conduce a un futuro sin esperanzas. Nuestra generación -la intermedia- recibió un país promisorio. Con recursos naturales incalculables. Con abundantes ejemplos de grandeza que fueron dados por nuestros mismos antepasados. ¿Qué nos está ocurriendo? Muchas veces buscamos culpables de la situación a la que hemos arribado, sin pensar que cada uno de nosotros tiene que hacerse cargo de una porción de esa culpa. Aunque convengamos que es muy diferente cometer un acto ilícito, que no hacerlo o que permitirlo o conocerlo mucho tiempo después de haberse cometido. Queda claro que también existen los inocentes, que son la mayoría. Esa mayoría que creyó. Esa mayoría que trabajó para lograr un mayor bienestar. Esa mayoría que actualmente está sufriendo las consecuencias de malas administraciones de los dineros del pueblo; de los reiterados engaños con promesas que jamás se cumplieron. Peor aún, fueron muchos los hombres públicos que prometieron llevar a cabo programas que contemplaban el logro de un mayor bienestar y luego, cuando tuvieron la oportunidad de llevarlos a cabo, hicieron lo contrario. Faltó grandeza. Prevaleció el egoísmo y la insensibilidad ante el sufrimiento de la población. Ahora, seguimos esperando tiempos mejores. Pero eso será posible, solamente si se cambia la orientación de las medidas económicas y se le da prioridad al desarrollo del empleo y a los problemas sociales. Ha quedado muy lejos aquel concepto que teníamos y que servía de referente cuando se hablaba de alguna persona en particular: "Es muy buena persona, muy trabajador"... Ahora no tiene trabajo, y por eso ¿ya no es una buena persona? Claro que sigue habiendo buenas personas. Lo que necesitan los que hoy sufren el desempleo es que se realicen nuevos emprendimientos, que se les den oportunidades de ganarse el sustento para sí y para su familia. Lo que necesitan es que se les restituya la dignidad a la que todo ser humano tiene derecho. |
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