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La pobreza en la Argentina

Es una paradoja que diariamente aumente la cantidad de pobres, con un contexto creciente de una minoría cada vez más rica.

Pero esa pobreza está tan deteriorada que cada día son más los que están en una situación de miseria. Esta debiera ser la principal preocupación en nuestro país, pero pareciera que no tiene -al menos en la actualidad y desde hace varios años- solución en el corto plazo. Mientras tanto las autoridades económicas se ocupan exclusivamente del déficit fiscal y de la deuda externa.

La casi total paralización de la actividad económica, ha provocado que el llamado "mal humor" de los argentinos, se haya transformado en "temor" por lo que sucederá.

Es que lo que más aumenta en la Argentina en los últimos años, son los aspectos negativos: mayor desocupación; mayor exclusión social; mayor marginación; mayor cantidad de hechos delictivos; mayor inseguridad en todas partes, etc.

Cada vez son más las familias que se ven obligadas a sacrificar su ya debilitado estado económico-social. Muchas deben abandonar las viviendas alquiladas y tienen que trasladarse a pensiones -en las que se no se puede disponer de la privacidad indispensable a la que todo ser humano tiene derecho-.

Esto se agrava por los altos precios que se cobran, que les impide salir de esa situación para lograr una vida mejor.

Los que ya no pueden acceder a vivir en una pensión, comparten una vivienda con algún familiar o amistad, lo cual les restringe vivir acorde con sus propias costumbres.

Lo que sigue a esta caída, es la de ubicarse en barrios periféricos altamente peligrosos.

Luego de haber agotado esta instancia, están los que no hallan otra solución que vivir en plazas; paseos públicos; ochavas de comercios o directamente a la intemperie.

Por último y siempre que puedan, están los que deben someterse a reglas establecidas en códigos marginales por quienes detentan algún poder en la comunidad de que se trate, y se ven obligados a vivir en una villa de emergencia. En este último caso, a la denigración antes sufrida, se le agrega la promiscuidad, el riesgo de vivir entre malvivientes, todo tipo de incomodidades y como si todo esto fuera poco, se ven obligados a aceptar conductas altamente censurables de quienes los amenazan si pretenden resistirse a sus pretensiones.

"La pobreza" de las personas, que puede tener tanta o más dignidad que muchas otras que ostentan inmensas fortunas, se ha ido transformando en los últimos años, de tal manera de presentarse en muchas familias como "la miseria".

Resulta casi excluyente citar que esto le ocurre a la población de un país que posee abundantes riquezas naturales y dispone de mano de obra calificada.

Las políticas de los últimos gobiernos no han dado respuesta a los problemas sociales. Los más grandes responsables han estado ocupados en resolver sus situaciones personales y en muchos casos los de varias generaciones de los familiares que los sucederán.

No hacen falta los millonarios estudios que se realizan para establecer el estado de pobreza de los argentinos. Todo se puede ver en las calles de casi cualquier ciudad de nuestro país. Solo hace falta mirarlo. Lo que es imprescindible es que cada uno de los funcionarios que tiene la responsabilidad de conducir un área del gobierno, por más pequeña que sea, se dedique a la tarea de atender las demandas y necesidades de una sociedad que va inexorablemente hacia su desintegración. Lo que puede desembocar en una interrupción de la paz social que aún con grandes dificultades, tanto deseamos conservar los argentinos. Pero nadie puede asegurar el comportamiento que pueden adquirir las personas que se sienten impotentes y deseperadas.

Es necesario asegurar una demanda interna efectiva suficiente, para que la propensión al consumo y los incentivos para invertir sean capaces de lograr el equilibrio en la sociedad con pleno empleo. Y esto, puede conseguirse a través de políticas que atiendan el desarrollo del mercado interno y que al mercado de exportación se lo atienda con los excedentes y no sacrificar a toda una población para que se pueda exportar, al costo social de rebajar salarios, negar el derecho al trabajo a 4.000.000 de habitantes, no atender la salud y estimular -porque en muchos casos no hay otra salida- la evasión fiscal.

Con una política económica en la que estén incorporados con carácter prioritario los aspectos sociales, el trabajo disponible para todos será capaz de eliminar la miseria y la indigencia.

En nuestro país, la aplicación de políticas económicas zigzagueantes, ha provocado la pérdida de orientación hacia el logro del progreso de todos los habitantes.

La ausencia de un plan económico que contemple la explotación racional de los recursos naturales, el aprovechamiento eficiente de la mano de obra, la defensa del mercado interno sin descuidar al mercado de exportación -pero con la condición de no supeditar todo al mismo- con el objetivo principal de favorecer la elevación del nivel de vida de la población, y que siga cumpliéndose aún con los cambios de gobierno, aún no es suficiente para que el desarrollo sea constante.

También es necesario que exista estabilidad jurídica; estabilidad económica no sustentada en la recesión sino en un real poder adquisitivo de la moneda; inversiones de capital extranjero destinadas a la producción de bienes, con la condición de que su radicación tiene que provocar un aumento real de las fuentes de trabajo; mayores inversiones de capital nacional en actividades transformadoras de nuestras materias primas; una gran austeridad en el manejo de los dineros públicos acorde con la crisis que estamos afrontando, etc.

Sin embargo, la base de sustentación de todo lo que se pueda realizar en el ámbito económico, está conformada por el cumplimiento de las prácticas basadas en el cumplimiento de los valores éticos y morales. De lo contrario, cualquier mejora que se pueda obtener sin ese sustento, está destinada a ser pasajera y lo que necesitamos es que perdure para que resulte eficaz.

Por eso es tan importante para elevar la calidad de vida de los argentinos, recobrar la confiabilidad entre las personas; que la honestidad esté presente en cada acción; que desterremos la especulación; que hagamos el esfuerzo de abandonar el individualismo para trabajar en cooperación con los demás; que seamos solidarios en serio y no dando de vez en cuando lo que nos sobra; que tengamos la sensibilidad necesaria para auxiliar al que sufre; que nos conduzcamos como personas de bien, respetando a los demás, que es lo mismo que respetarnos a nosotros mismos.

Esto es esencial tanto para nuestros gobernantes, como para nosotros los gobernados

 

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