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Editorial
Los valores No cabe duda que se ha producido una acelerada decadencia en la práctica de los valores en los últimos años, en nuestro país y en gran parte del mundo. Los mismos han sido sustituidos en gran medida por falacias o por la instalación de creencias que sólo tienen por objetivo ocultar oscuros intereses perversos. En la mayor cantidad de casos, ha sido desplazada la auténtica esencia, que debiera motivar a todos los seres humanos, para realizar sus acciones diarias en la búsqueda del bien individual y del bien común. Si seguimos cultivando la creencia de que no pagar impuestos constituye un mérito atribuible a la pericia de quien los evade, sin tener en cuenta que el destino que debe dársele es la salud, la educación, la seguridad y la protección de la población en general, con el pretexto de que nuestros gobernantes no los administran adecuadamente, sin exigir que esto último ocurra, no estamos cumpliendo con nuestro deber de ciudadanos. Si los pseudos empresarios siguen considerando "buenos negocios" a operaciones comerciales que están viciadas de falta de responsabilidad empresarial; abuso en la explotación de oportunidades -el caso más evidente es que cuando aumenta la demanda, también aumentan los precios, cuando la economía de escala indica que a mayor producción se reducen los costos y por lo tanto la empresa puede ganar mucho más por el mejor aprovechamiento de sus recursos y por la mayor venta de sus productos o servicios-. Si se siguen promoviendo las actividades monopólicas y/u oligopólicas, sin darle ninguna protección a los usuarios y dejándolos expuestos a la ley del más fuerte. Si seguimos con la práctica de despedir personal para reemplazarlo por máquinas que producen bienes y servicios en forma más eficiente y a menores costos, sin que ello dé lugar a una distribución equitativa de los beneficios, y sin prever que es necesario y hasta humanitario, crear simultáneamente otras fuentes de ingresos para quienes son excluidos del mercado laboral, llegará el momento en que bajará el consumo drásticamente, porque ya no habrá poder adquisitivo entre los consumidores y además aumentará la pobreza y consecuentemente disminuirá el nivel de vida de la mayor parte de la población. Si seguimos manteniendo y fortaleciendo una sociedad en la que una minoría se lleva la utilidad que genera la mayoría, y seguimos utilizando como paliativo a las Organizaciones con Fines Sociales que asisten a los perjudicados por esta causa, es como generar una guerra sin cuartel contra toda la sociedad y a la vez, convocar a una inmensa cantidad de voluntarios para atender a los heridos, sepultar a los muertos y consolar el dolor de sus familiares, pero la destrucción sigue sin tenerse en cuenta. El problema sigue aumentando. Si seguimos confundiendo la responsabilidad personal que han asumido todos los que forman parte de las instituciones de la República, bajo denominaciones abstractas o generalistas que los comprende pero también los oculta, como es el caso del Congreso de la Nación, Poder Ejecutivo Nacional y Poder Judicial, y los consideramos ciudadanos de primera y no les exigimos que informen acerca del resultado de su gestión, seguirá la sospecha de que protegidos por los privilegios que los asisten, ocultan la verdadera labor que realizan y que no siempre está vinculada con la obtención de un mayor bienestar para el pueblo. Si los ciudadanos comunes seguimos cometiendo el error de no ejercer nuestros derechos y además, en lugar de asumir nuestro compromiso para con las generaciones que nos sucederán, nos limitamos a descalificar a quienes debieran ser el ejemplo de la honradez, de la honestidad, de la hombría de bien, de la grandeza que tiene que caracterizar a los hombres y mujeres públicos, en lugar de sancionar severamente y públicamente a quienes no cumplan con sus deberes y con su juramento al asumir sus cargos, estamos siendo cómplices y responsables por admitir semejante desatino. Pues no valoramos a los que se lo merecen, no castigamos a los infractores y cometemos la injusticia de mal juzgarlos a todos sin distinción alguna. Hay una enorme cantidad de ejemplos que se caracterizan por llevar a cabo actividades en la que están ausentes los valores. Si a todo eso le agregamos que los argentinos estamos asociados en el escepticismo y en la derrota, difícilmente podamos superar la crisis que tanto nos castiga. Sin embargo, como en casi todos los problemas de este mundo, existen soluciones. Tal vez sean muchas más. Pero hay una que entendemos es esencial: cada uno de nosotros, desde el más humilde puesto de trabajo, desde el más modesto rol que desempeñemos en nuestra sociedad, podemos contribuir a revertir esta situación. Es imprescindible que nos convenzamos de que si hemos llegado a esta situación de degradación tan grave, tenemos la obligación de revertirla, partiendo de los principios éticos y morales que nos legaron nuestros antecesores, es decir, volver a las fuentes. Para construir, es imprescindible que abandonemos las malas prácticas, por pequeñas que sean, pues la suma de esos pequeños desvíos, da como resultado la falta de cumplimiento de compromisos mayores y fundamentales para iniciar la etapa de la reconstrucción. Sin duda que dado el estado avanzado de descomposición social, hará falta que lo hagamos en forma personal primero, para extenderlo al grupo que tenemos afín y así comenzar con una tarea de buenas realizaciones y de difusión, para que otros grupos los tome y se generalice hasta lograr el cambio tan ansiado por todos. Será de una gran importancia que asumamos el compromiso de cumplir con esta misión, como también que lo hagamos todos los días y al final de cada uno de esos días, nos preguntemos: ¿Qué hice hoy para mejorar mi situación y la de nuestro país? La prosperidad podrá llegar con toda la fuerza, pero para eso tendrá que surgir desde la base de la población y de lo que nos impongamos a través de nuestra tarea diaria. La crisis económica y social que estamos atravesando, tiene un componente que sin duda, es capaz de revertirla: tenemos que resolver primero, la crisis de valores. La población, el Estado, el Mercado, las Organizaciones con Fines Sociales, deben recibir el mensaje de que estamos dispuestos a exigir el respeto de los valores, porque primero, lo haremos cada uno de nosotros y esto puede surgir en cada una de las Organizaciones de las que formamos parte. Hagámoslo sin temor, hagámoslo con paciencia, pues demandará tiempo al comienzo, y luego se acelerará, pero sepamos que será una de las soluciones más efectivas para restablecer la fortaleza de la dignidad de los hombres.
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