
Ante la crisis financiera internacional
Dr. Luis Valladares
Los modelos económicos que se nos han presentado como muy exitosos, seguros y sólidos, tan solo para lograr el beneficio económico de sus promotores, nos revelan a través de sus desbordes, que tienen profundas debilidades, las que permanecen ocultas hasta que les llega la hecatombe y quedan al descubierto.
En estas circunstancias, seguramente los que más tienen, son los que más perderán en términos de dinero acumulado, sin embargo el costo mayor lo pagarán los que menos tienen. Esos que solamente viven de un salario y que al producirse el cierre de grandes emporios empresarios, se quedan sin el magro ingreso que solamente les permite atender las necesidades mínimas.
Hoy los más poderosos están afrontando la reducción abrupta de sus riquezas. Los pobres, tendrán que afrontar mucho menos pérdida, pero a diferencia del caso anterior, “perderán todo” porque el salario es lo único que tiene la mayoría de los que reciben un ingreso de ese tenor.
La historia muestra que siempre los excesos culminan con resultados catastróficos.
Lo que está ocurriendo actualmente en el mundo, no es otra cosa que el abuso de los dueños de los capitales financieros, que de auxiliares de la producción como durante muchos años lo han sido y que debiera ser su función específica en el ámbito de las relaciones económicas, se convirtieron en la razón de ser de la riqueza producida por el hombre a través de la especulación con el propio dinero. Colocando de este modo al dinero como la mercadería más cara. Con lo cual se genera una riqueza espuria que no responde precisamente a la producción de bienes y servicios. Pues si fuera de esta última naturaleza, se contribuiría al bienestar, por lo menos de una parte de la población mundial, mientras que las ganancias financieras solamente benefician al poseedor del capital sin dejar nada para la sociedad o peor aún, sacándoselo.
El ejemplo que está dando Estados Unidos como primera potencia mundial, realmente es bochornoso. Aunque a decir verdad, lo ha dado siempre a través de las guerras que fabricó con fines económicos y otros despropósitos que denigran la condición humana de sus gobernantes.
Pero ahora, en un acto totalmente contradictorio a lo que siempre ha proclamado y defendido, invocando la libertad económica, las bondades de la economía de mercado, etc., resulta que cuando los capitales obtienen ganancias siderales, lo hacen como legítimo derecho en concepto de retribución al capital, y por supuesto esas ganancias son para los propietarios de esos capitales. Mientras que cuando esos mismos capitalistas pierden, el gobierno de la potencia más grande del mundo, recurre a los dineros del pueblo para resarcir a los poderosos que están en crisis, es decir que lo pagamos entre todos. Está claro que no ocurre lo mismo con las cuantiosas ganancias obtenidas de cualquier modo en tiempos de bonanza: no se reparten entre la población.
Y para el gran capital, el hambre que sufre un tercio de la población mundial; ni las enfermedades que deben soportar y que no les son atendidas; ni el analfabetismo; ni la pobreza extrema; el avance del consumo de drogas, y otras tantas miserias humanas, tienen la importancia que tiene la pérdida de sus bienes aplicados a acciones especulativas.
Cabe preguntarnos qué pasará en nuestro país, habida cuenta de la tremenda baja en los precios de los productos que exportamos. O cómo reaccionará el empresariado argentino ante el temor de que afecte seriamente la economía nacional, habida cuenta de la estrecha relación que existe en el mundo globalizado, y a la pérdida de la libertad económica, tan promocionada a mediados del siglo pasado, cuando desde el gobierno de entonces se decía que nuestro país era una nación económicamente libre, socialmente justa y políticamente soberana.
Hoy es económicamente dependiente a través de la deuda externa; socialmente injusta con los desocupados, los jubilados, los docentes, los pobres, etc., y políticamente sometida por el poder financiero y económico internacional con acuerdos firmados por nuestros gobernantes, so pretexto de las bondades que significaría “estar en el primer mundo”, entre otros, a través del convenio vigente con la Organización Mundial del Comercio firmado en el año 1994 y que los gobernantes posteriores ni siquiera mencionan, y menos aún, se atreven a modificar para beneficiar a nuestro país.
Los argentinos tenemos la ventaja de tener recursos naturales suficientes para el consumo interno y para la exportación, y también, la de producir una gran variedad de alimentos, que es la base de la vida humana. Pero contra eso, tenemos la desventaja de que no acertamos a encontrar gobernantes que sean estadistas, estrategas u hombres y/o mujeres con una visión e interés patriótico que promuevan las actividades económicas; que desechen las actividades especulativas y que apliquen realmente una política social que beneficie a través del esfuerzo propio a toda la población, y en particular como una cuestión prioritaria, a los que menos tienen.
La improvisación de las medidas que se toman y la falta de idoneidad en la conducción del país se verifica en el cierre masivo de estaciones de servicio por la mala política aplicada al sector; en el todavía elevado índice de desocupación; en el generalizado trabajo en negro que también es practicado dentro del propio Estado; en la inseguridad personal y jurídica que cuenta con una constante inestabilidad; en la ultra subsidiada economía con la que se está fomentando una falsa relación de los precios que cuando llegue el momento de su inevitable sinceramiento, porque esto no es eternamente sostenible, el estallido inflacionario provocará un daño irreparable en el ámbito productivo y consecuentemente el mayor daño se provocará en el ámbito social.
Cuando las personas que ocupan cargos importantes no tienen la humildad para buscar el asesoramiento de los especialistas, y creen que por el solo hecho de haber sido elegidos, lo saben todo, y también que todo lo que dicen es verdad, solamente porque ellos lo dicen, aunque se trate de la peor muestra de ignorancia, estamos expuestos al más grave de los peligros: un país sin plan, sin objetivos, sin conducción. Pero la ceguera que provoca la arrogancia de los que ostentan el poder, los hace tan impenetrables y omnipotentes que les impide recibir sugerencias bien intencionadas.
Argentinos, como expresa ese viejo dicho popular, nos toca poner las barbas en remojo. |